Las Cartas del Diablo a su Sobrino (libro online)

Por C. S. Lewis

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(PREFACIO I, página 4)

Algunos me han hecho el inmerecido elogio de suponer que mis Cartas eran el fruto maduro de largos años de estudios de teología moral y de ascética. Olvidan, sin duda, que existe un medio igualmente fidedigno, aunque menos encomiable, de aprender cómo funciona la tentación. "Mi corazón -no necesito el de otro- me mostró la maldad de los impíos".

Se me pidió o aconsejó con frecuencia que ampliase las Cartas originales, pero durante muchos años no me apeteció lo más mínimo. Aunque nunca había escrito con tanta facilidad, nunca escribí con menos gozo. La facilidad provenía, sin duda, de que el artificio de las cartas diabólicas, una vez que se ha tenido la idea, se explota a sí mismo espontáneamente, como los hombres grandes y pequeños de Swift, o la filosofía médica y ética de Erewhon, o la Piedra Garuda de Anstey.6 Es una idea que le arrastraría a uno durante mil páginas, si se le diese rienda suelta. Pero, aunque era fácil adoptar la actitud mental de un diablo, no resultaba divertido, o no por mucho tiempo. El esfuerzo me producía una especie de calambre espiritual: mientras hablaba por Escrutopo, tenía que proyectarme a un trabajo que no era sino polvo, arena, sed y picor; cualquier atisbo de belleza; frescor y cordialidad tenía que ser excluido. Casi me ahogo antes de acabar el libro; hubiera ahogado a mis lectores si lo hubiese prolongado.

Además, le tenía cierta inquina a mi libro, por no ser un libro diferente, un libro que nadie hubiese podido escribir. Idealmente, los consejos de Escrutopo a Orugario debieran haber sido contrapuestos a los consejos arcangélicos al ángel de la guarda del paciente. Sin esto, la visión de la vida humana que da el libro resulta parcial y desequilibrada. Pero, ¿cómo remediar tal deficiencia? Porque, incluso si un hombre -y habría de ser un hombre mucho mejor que yo- pudiese escalar las alturas espirituales necesarias para ello, ¿qué "estilo justificable" podía utilizar? Porque el estilo sería, realmente, parte del contenido. Los consejos, sin más, no servirían de nada; cada frase habría de tener el aroma del Cielo. Y hoy día, incluso si uno fuese capaz de escribir una prosa como la de Traherne,7 no se le permitiría, porque el criterio de "funcionalidad" ha inutilizado a la literatura para la mitad de sus funciones. (En el fondo, cada ideal estilístico dicta no sólo cómo se debieran decir las cosas, sino qué género de cosas se pueden decir.)

Luego, al pasar los años y convertirse la sofocante experiencia de escribir las Cartas en un débil recuerdo, se me empezaron a ocurrir ciertas reflexiones sobre esto y aquello, que parecían requerir, de algún modo, un tratamiento "escrutopiano". Pero estaba firmemente decidido a no volver a escribir una "carta". La idea de algo así como una conferencia o un "discurso" planeó vagamente por mi cabeza; idea ora olvidada, ora recordada, pero nunca escrita. Entonces me llegó una invitación del Saturday Evening Post, y eso apretó el gatillo...

  


Notas del Traductor

6 Lewis alude a Los Viajes de Gulliver (Gulliver Travel,), 1726, de Jonathan Swift (1667-1745); a la sátira Erewhon (1872), de Samuel Butler (1825 - 1902), y, por último, a la obra poética de Christopher Anstey (1724 - 1805). (N. del T)

 

7 Thomas Traherne (1636?-1674), poeta y teó1ogo. (N. del T.)