Fluyendo…

Por estos días estoy siguiendo un curso de 4 meses con Adyashanti, para aprender a estabilizar la percepción y soltar la costumbre de aferrarse al sufrimiento… o algo así. Cuesta explicar una experiencia sensible en palabras.

Silencio interno

Ya van casi 4 años que aprendí a meditar. La costumbre de observarme, de mantenerme atenta a todo lo que percibo, va extendiéndose durante el día a lo que ocurre en general, a mi alrededor… por explicarlo de alguna manera, es como si fuera expandiendo mi aura, sintiendo todo lo que me rodea.
El efecto más potente de esta atención a todo lo que ocurre, es que estoy tomando consciencia de cuando actúo desde mi ego, cuando estoy pensando tanto que mis ideas y lo que me digo están controlando mis acciones… y en ese momento, sólo observándome, sin juzgarme, aceptando mi humanidad en pleno… mis pensamientos se detienen… y percibo lo que está ocurriendo, sucediendo, sin dialogar conmigo: en silencio.

Estamos acostumbrados a ver algo y automáticamente decirnos su nombre, y cuando hacemos esto, delimitamos nuestra percepción. Decimos árbol… y dejamos de ver sus detalles, nos perdemos el milagro de esa existencia. Decimos piedra… y nunca más nos acordamos de sentirla. Pelamos un tomate, nos decimos que estamos pelando un tomate para una ensalada, y nos perdemos de sentir su peso en nuestra mano, su textura suave y húmeda, el movimiento de nuestra otra mano con el cuchillo. Acariciamos un gato, y nos hablamos de cualquier cosa en ese instante, perdiéndonos el milagro de esa existencia peluda y consciente, la belleza de su pelaje, su ronronear, la configuración de sus manchas, sus bigotes atentos. Comemos algo, lo etiquetamos con el nombre de la receta, y olvidamos saborear cada ingrediente y el conjunto.

Es un gran ejercicio observar este mundo sin dialogar con nosotros mismos mientras lo hacemos. Observar en silencio… para volver a percibir el milagro del universo, de la existencia, de cada detalle, del conjunto, del todo.

Me estoy acostumbrando a este darme cuenta que estoy pensando, que estoy siendo comandada por mi ego. Me sucede varias veces en el día que ‘despierto’, mi mente se acalla, los pensamientos se quedan a medio camino, y mi ego retrocede, ya no me controla.
Y en ese preciso y maravilloso instante percibo la realidad, lo que ocurre, tal cual es, sin juzgar. Se me descorre un velo… y aparece ante mí, a mi alrededor y en mí, la vida en todo su esplendor, en todo su milagro y belleza… tal cual ES.
Recorrer las calles en silencio es todo un redescubrimiento de la vida, es volver a ser niña, recién conociendo y descubriendo. Pero esta vez es un proceso consciente, es desandar el camino de programación y limitación que nos enseña esta sociedad que creamos entre todos.
Vivir mi vida diaria, mis relaciones, con la consciencia de que me estoy hablando, de que me contraigo por efecto de lo que me digo, de que si mis pensamientos se acallan se acaba la contracción, cambia todo.
Tomar conciencia plena de que lo que me estoy diciendo es sólo eso, un diálogo interno, tiene la tremenda implicancia que cada vez discuto menos con la realidad, con el pasado.
Si recuerdo una experiencia dura, reacciono pensando y sintiendo. Y entonces me doy cuenta que son sólo pensamientos y emociones… observo mis reacciones, sin juzgarme… y voilá… se acabó el sufrimiento. Sólo queda la admiración por la maravilla de la vida de crear cada evento, cada objeto, cada detalle… y queda la aceptación de mi humanidad.

Y cuando el silencio impera, comienza a llegar un conocimiento instantáneo, profundo, no descifrable, no descriptible… pero perceptible y aprehensible. El ‘conocimiento silencioso’ que describía don Juan Matus.
Este estado silencioso me es habitual en las sanaciones, espacio en el que me llega mucha información y conocimiento. Pero ahora ese estado de silencio, ese espacio sagrado, se me va extendiendo a la cotidianeidad. Y lo estoy disfrutando.
Se me está diluyendo la creencia de ser un alguien separado de la Vida, del Todo, del Tao. Cada vez más, siento, percibo, experimento, vivo la Unidad –Oneness-, el AMOR.

El regalo de toda esta consciencia es una calma cotidiana que va creciendo, de la mano de una compasión que a ratos me desborda, del asombro por la maravilla de la existencia…

Queda mucho trabajo por hacer, pues escribo esto desde el atasco de una sensibilidad enorme que me cuesta manejar en el día a día. Sí… estoy consciente que este atasco es mental y es desde el miedo. Me quedan limitaciones mentales que soltar… muchas. Pero tengo una herramienta, un recurso, una certeza de cómo volver a la calma.
Soy un humano cualquiera, con emociones y pensamientos… aprendiendo a vivir desde un estado de consciencia más despierto.

Y sí, escribo desde la mente y el ego…

Namasté!

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