Por estos días me he observado en mi amado trabajo de sanadora.
Converso con los pacientes, los observo a ellos, y a mí observándolos.

Van 10 años desde que empecé a desarrollar mis habilidades para entrar en la conciencia oculta de nosotros los humanos. 8 años desde que empecé a atender oficialmente.

Mi primer sistema fue netamente visual, aprendiendo a percibir el aura con técnicas similares a las de programación neurolingüística. En esos años entendí que el aura es un banco enorme de información almacenada en forma de hologramas, que aprendí a ver e interpretar. Suelo decir que el aura es un gran disco duro, con contenido multimedia.
Si veo una imagen azul oscura, es una escena triste de la vida de la persona; si es roja oscura, es rabia; si es blanca opaca, es de miedo.

Imágenes del aura (Aura y chakras, Harold Moskovitz)

He visto películas completas, bañadas en un color específico, donde aparecen personas de la familia del paciente, recuerdos de infancia. En ocasiones veo literalmente lo que ocurrió, en otras es una metáfora.
Puede que la imagen sea muy brillante y potente, o puede que sea apenas un velo superpuesto sobre la persona, o un flash sutil que se dispara hacia un costado.
Con el tiempo me dí cuenta que yo no manejo cuánto veo en una persona, o cómo lo veo, simplemente ocurre, dependiendo de las necesidades y urgencias del paciente.

Al mismo tiempo de usar esta técnica visual para evaluar, utilizaba la técnica de ver cada chakra y retirar con mis manos las energías bajas, tal como aprendí con mi primer profesor.
Aprendí a dejarme llevar por la intuición, a recibir información muy clara, indicaciones de qué hacer en la sanación… la práctica me enseñó que lo que ocurre en ese espacio de conexión entre dos espíritus simplemente ES. De a poco fue creciendo la certeza en lo que hacía, veía, sentía.
Empecé a desarrollar la habilidad para encontrar la causa primera de un problema: una escena, una instrucción, una promesa, una frase de esta vida o de una anterior… una clave que una vez liberada, permite que la persona haga un cambio de consciencia y de comportamiento.

Cuando logro llegar a esa clave y se suma que la persona permite y quiere realmente la sanación, algo ocurre: un destello de luz, un movimiento fuerte de energías en el aura, cambian las imágenes de repente… algo se aliviana… entonces, sé que viene el crecimiento, la claridad y la autoconciencia de ese ser humano que tengo frente a mí.
He visto una y otra vez ese destello, ese cambio… ese instante fugaz y sagrado en el que vislumbro el ser íntimo de una persona, y en el que soy testigo privilegiada de la maravilla de seres que somos los humanos.

Transcurridos 3 años trabajando como sanadora, me topé con personas con una percepción distinta, que no veían tanto, sino que sentían, sabían.
De la mano de ellos empecé a recordar que yo también siento. Y así llegué a los cursos de meditación y sanación meditativa.
Y empecé a sentir más que ver…

De a poco me he dado cuenta que en realidad no soy tan vidente –como mi querido JP- sino que soy sintiente.
Aún así, sigo usando la técnica visual para ‘diagnosticar’, entender a la persona, sigo viendo imágenes mientras me cuentan una historia, hago preguntas, googleo en el aura de la persona con el mapa de aura y chakras. Y ahora se suma que siento en mi cuerpo los dolores físicos del otro, las emociones acumuladas; siento, veo, escucho, sé… todas las opciones juntas, o de a una por vez.
Busco, indago en las memorias y emociones hasta que encuentro una clave.

Entonces empiezo la sanación en sí, con la persona recostada y relajada, medito en las claves que encontré. Y al mismo tiempo, permito que llegue toda información y energía que el espíritu del paciente quiera mostrar.
Entonces… meditando con mi mano sobre un brazo de la persona, de repente algo ocurre en la energía, en mi espacio sensible. Algo se aliviana, se mueve, cambia, desaparece, aparece… ese movimiento implica que ocurrió una liberación, una trasmutación.
Completo la sanación y pregunto: ¿cómo te sientes? Y vuelvo a evaluar visualmente.
Entonces soy testigo otra vez de un sorprendente cambio en un bello ser humano que busca respuestas, alivio, comprensión, sanación.

Ese momento mágico lo vivo con la muchas personas, en la mayoría de las sesiones. Me atrevo a decir que un 90% de los pacientes que he atendido han hecho cambios espectaculares en su vida.

Con el tiempo y la práctica, he aprendido a distinguir si la persona que recién llega realmente quiere cambiar, sanar, o no. Mis terapias apuntan a modificar la conciencia profunda, esa que no vemos, como el 85% bajo agua de un iceberg. Muchas personas dicen que quieren un cambio, pero esa porción oculta de la conciencia no se los permite.
Suelo decir que lo que importa es una decisión consciente,  clara y fuerte, que llegue a remover ese 85% subterráneo. No importa que uno no sepa lo que hay ahí… basta la intención de removerlo y dejarlo ir.

Cuando alguien llega decido a investigar, soltar, cambiar; con una certeza que ni siquiera sabe de dónde viene, entonces, a través de la aceptación de eso que está guardado bajo la superficie… entonces viene la transformación.
Como decía Jung: “Lo que se resiste, persiste. Lo que aceptas, se transforma.”

En este camino como sanadora me he ido transformando. Empecé muy rígida y mental, recitando las lecciones aprendidas con la certeza de que funcionaban, por varias historias de sanaciones sorprendentes que viví mientras estudiaba.
Mes tras mes, paciente tras paciente, me han llegado claves para mi propia vida. Al ayudar a una persona controladora, entendí parte de mi ser; al atender mujeres poderosas entendí mi propia historia y a mis ancestras anuladoras de hombres.
He aprendido a honrar los tiempos y los procesos personales.
Año tras año me he ido dulcificando, conociendo, transformando… descubrí la compasión dentro de mi ser, la mirada y el gesto de amor honesto hacia el otro. Y lentamente he ido borrando la ilusión de la separación.

Hoy me conmueve el ser humano, me conmueven mis pares, yo misma. Somos seres maravillosos…
Me sorprende y asombra la capacidad que tenemos para crearnos a nosotros mismos, las trampas que nos hacemos, las habilidades enormes que tenemos, la porfía de sostener una visión, la terquedad para aferrarnos a algo, la negación de lo que sentimos.

Observo… observo… y observo… en mí y en otros, esa costumbre que tenemos de buscar responsables fuera de nosotros, en vez de aceptar con humildad que somos los únicos creadores de nuestra vida.
Y disfruto el chispazo de un otro –o de mí misma- descubriendo las  trampas y zancadillas auto inferidas.

Observo, medito… y amo. Amo incondicionalmente este mundo, esta vida y cada ser individual que surge del mar de la conciencia original.
Amo mi trabajo de sanadora, amo ser sanadora, entregarme al llamado esencial de mi espíritu.

Namasté!

Comparte esta nota:
Sanando…
Etiquetado en:    

2 pensamientos en “Sanando…

Los comentarios están cerrados.