Un trocito de selva amazónica

Publicado en el mes de Febrero de 1999 en El Ático

En alguno de los últimos veranos emprendí vuelo hacia tierras tropicales y climas húmedos, y en un esfuerzo por aprender y conocer algo sobre un pedazo de tierra desconocida para mí, me aventuré a poner pie en la selva amazónica ecuatoriana.

Quito, 5:00 am, me encaramo a un bus interprovincial, de esos que hay en Ecuador: pequeños, sin baño, asientos de respaldo muuuy tieso, y de un plástico que los hace ideal para transpirar a chorros. No olvidar los adornos, estampitas, lucecitas, luces, linternitas, ampolletas, intermitentes varios, letreros y peluches que pueblan el habitáculo del chofer.

Tras una hora de viaje hacia el oriente ecuatoriano se acaba el pavimento y el camino se interna por valles que llegan a ser lujuriosos de tanto verde y tanta planta, y árboles y enredaderas y cuanto vegetal se descuelga por las laderas. La lluvia cae. Cae. Y sigue cayendo. Demencial, apabullante ella; convirtiendo el camino en lodazales que el bus apenas es capaz de sortear. El agua se junta, forma cascadas festivas que se desgranan cerro abajo y juegan a llevarse un pedazo de camino; ante semejante espectáculo, el chofer se persigna, le reza a una de sus tantas estampitas y prosigue el viaje.

Tena, Ecuador

Luego de unas cuatro horas, vuelve el pavimento. La lluvia da una tregua y el sol se despereza por entremedio de los vapores del aguacero reciente. En la ciudad de Tena desenfundo mi cámara: mala cosa, está empañada hasta por donde no se usa y la foto sale con una bella masa blanca en medio, grrrrr.

Aquí hay que hacer trasbordo a una micro cacharrienta in extremis, en el que se recorren caminos, mejor dichos huellas, que se pierden entre medio de bananeros y palmeras y cañaverales. Se cruza un riachuelo (no crean que había puente, había que vadearlo como a caballo), y se llega a un caserío. Cambio de medio de transporte. Ahora hay que hacer de tripas corazón y subirse a una canoa esmirriada y famélica. Media hora más tarde y río abajo, en una isla en medio del río Napo, afluente del Amazonas, se llega a un hotel rústico, con cabañas amazónicas, camas con sábanas húmedas, luz eléctrica sólo un rato en la noche; un zoológico en miniatura; monos corriendo por todas partes, incluso dentro de las cabañas; y de entrada una piel de anaconda de 15 mts secándose al sol: la Marta Julia.

Rambo con la Marta Julia
Rambo con la Marta Julia

De aquí partiré en los días siguientes a las caminatas, siempre acompañada de guías. Tuve suerte en ese viaje, éramos dos amigas que gracias a que no había más pasajeros en el hotel tuvimos a los guías, dos jíbaros, o shuar como se dicen ellos, para nosotras solas. Uno era Rambo, el más joven, siempre de botas de agua, un jockey y su machete; el otro era Salvador, de más edad, y chamán por añadidura; él nos guió en las caminatas más largas. Cada día había que salir río abajo o río arriba, premunidos de botas de agua, repelente hasta en las orejas, con el exquisito perfume a insecticida que se empieza a exudar a los 2 minutos, y por supuesto la cámara fotográfica, a estas alturas ya acostumbrada a la humedad insolente que recarga el aire.

Hormiguero
Hormiguero

La selva tropical es grandiosa, fascinante, aplastante, bulliciosa (y yo que la imaginaba silenciosa). Húmeda, oscura, con mucho barro, hojas que te azotan la cara cuando caminas, o te derraman su carga de agua traicionera justo en el ojo. Caminas por senderos cenagosos en los que te entierras con bota y todo hasta la rodilla; los mosquitos te pican a pesar del repelente… hay hormigas, las konga, que te matan de una picada, aunque el guía sabe cual es la planta antídoto… las aves no se ven mucho, pero se escuchan; los monos… las luciérnagas en la noche, que son azules y rojas, hacen parecer los árboles como decorados para navidad…. las tormentas, el viento, a veces sigiloso, otras veces rugiendo y derribando árboles… ¡¡la lluvia!!, en mi vida he visto tanta agua desparramándose cielo abajo desde nubes obesas, voluptuosas como las gordas de Rubens. Y eso que era invierno; la otra estación que hay aquí es diluvio.

  

Cuando uno se adentra en la selva casi no se ve el cielo, y es fácil perderse; no se ve el rastro, la bulla de los animales apaga las voces humanas; la lluvia borra todo, martillea en forma incansable sobre la cabeza, casi destiñendo el rostro…. la vegetación es furiosa de verde… hay plantas que crecen sobre las ramas de los árboles más altos, como los filodendros que cultivamos en nuestras casas. Hay otras que se enredan en un árbol grande y se lo comen, lentamente, año tras año, hasta dejar sólo el hueco, la come árbol le dicen… también hay hartas lianas, de esas que usa Tarzán para movilizarse; yo me colgué de una, pero me resbalé de la forma más indigna que puede haber, y fui a aterrizar varios metros más abajo, en un mullido colchón de hojas y tierra, que evitó algún hueso roto.

El bosque lluvioso, como se llama en inglés, está lleno de plantas comestibles, con frutas extrañas: plantas con olor a ajo, otras con olor a cilantro; miles de árboles de los que se extraen los remedios para casi todas las enfermedades conocidas; aquí está la farmacia del planeta entero, dice el guía. Nadie puede morir de hambre en este lugar, con tanto alimento al alcance de la mano: agua de liana (es un tanto salobre, pero es agua), cacao, ochochorrocientas variedades de plátanos, uva de árbol, tomate de árbol, guabas y frutos de palmeras varias, yuca, chonta… un día tuve que probar la chicha de chonta, que la fermentan en la boca.. ¡puajt!.. pero obligada a aceptarla, porque era una invitación de un dueño de casa…. ¡puajt!…. los viajes me han enseñado a no rechazar nada, es una ofensa para quien ofrece.

 selvacasa

La humedad lo inunda todo: la ropa, la piel, el pelo; hasta la cámara fotográfica parece que absorbió el agua en suspensión, porque me pesa en litros, no en kilos. Si uno se pone un poncho de agua para protegerse de la lluvia suda como bestia debajo, y se moja; si se saca el poncho de agua, la lluvia empapa hasta el alma en la próxima encarnación. O la humedad es tal que uno suda por mover el dedo meñique, para qué decir con las caminatas. Al final, hay que resignarse a estar siempre húmedo, mojado, apestando a repelente, con el sudor chorreando por las cejas, pestañas, metiéndose en los ojos. Y eso que las cejas fueron echas para evitarlo. ¡Ah!, algo muy importante: pobre del incauto aquel que ose internarse por estos lados sin la piel cubierta por el bendito repelente para insectos, pues se arriesga a quedar convertido en frambuesa gigante de tanta picadura.

selvahongoLa selva. Es aplastante, apabullante, devoradora. Todo es rápido, fulgurante. Si un animal muere las hormigas lo devoran en horas; los huesos se los comen otros insectos, y al cabo de unos días ya no queda nada. Si se cae un árbol, la lluvia lo reblandece y lo deja listo para ser alimento de gusanos y escarabajos y larvas varias; poco tiempo después ya no queda nada. Todo es devorado, nada se pierde. Pareciera que la madre natura tiene prisa por vivir en este rincón del planeta; además de vestirse con ropajes carnavalescos, recargados, de colores insólitos. Pienso que estos ropajes deben ser demasiado cálidos, y la abrigan en demasía. Por eso ella transpira; esa es la humedad que inunda el aire.

Selva alta
Selva alta

Un día, en las caminatas, subimos a una loma; bueno, debo aclarar que me daba cuenta que estaba subiendo por el esfuerzo que hacía, porque entre tanta rama y planta y palma y árbol no se veía nada. al llegar a la cima había un claro, y se podía mirar más allá de la nariz. se veía todo verde, kilómetros y kilómetros de verde, en todas direcciones, y nubes, y verde. En ese momento recién pude darme cuenta del rincón perdido del mundo en que estaba.

…. arañas, hormigas, hormigueros gigantescos, termitas, anacondas de 15 mts, guacamayos, abejas, tucanes, avispas, termitas, monos de todos tipos, lluvia, lluvia, lluvia, lluvia, fango, chanchos salvajes, serpientes chicas, anacondas bebés de 4 mts, tigrillos, mosquitos insoportables, lluvia, lluvia, insectos de colores fulgurantes, más monos, distintos. Andar en canoa, comer plátano, plátano y más plátano, dulce, salado, de postre, de comida, de desayuno; hasta el día de hoy lo detesto…

selvanegrita selvamachin

Fueron 5 días en el borde la selva amázónica, apenas a la entradita de un mundo casi desconocido; donde aún habitan indígenas, nadie sabe cuántos. Apenas cinco días. Salí de ahí con un cargamento de fotos, que una vez reveladas demostraron ser un pálido reflejo de lo que ví, sentí, viví. En el alma se quedaron los recuerdos, que con el tiempo se van borrando. Cada vez me cuesta más rememorar el ruido salvaje de los animales en la noche. El pavor que sentí cuando se me perdió el guía en medio de los árboles, entre tanta lluvia y lodo. El golpeteo incansable de la lluvia sobre mi cabeza. La mascota del hotel, la Marta Julia, una anaconda bebé de 4 mts. La Negrita, una monita araña, de 4 dedos, que se colgaba de mi cuello. El Margarito, un pacharaco (¿o pajarraco?) que se dedicaba a buscar piojillos en la cabeza de los pasajeros. Un sajino, o cerdo salvaje, que gustaba de refregar su narizota en la entrepierna de la gente. Los guacamayos y loros y monos y tortugas y gallinetas y cuanto animal andaba suelto en el hotel, que era sólo unas cuantas cabañas amazónicas en medio de una isla pequeña de la amazonía ecuatoriana. Algún día volveré a ese rincón.

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