En busca de tejenderas

Publicado en el mes de Octubre de 1998 en El Ático

Además de los viajes por el simple placer de conocer bellos rincones, recorro los caminos de la zona central de Chile por razones profesionales: la recopilación de tejidos «a la antigua». Este es el nombre que se le da a los tejidos hechos en telares construidos con simples maderos, aquellas mantas y ponchos que vuelven locos a los extranjeros; frazadas gruesas, de esas que tienen que pesar harto, para que abriguen; alfombras y prevenciones… y otros tantos objetos que salen de las manos de mujeres que viven escondidas entre cerros o en la profundidad de los valles.

Cada salida en busca de mujeres que tejen a telar, las «tejenderas», comienza en el Museo Regional de Rancagua, temprano en alguna mañana, con unos cuántos datos de lugares y nombres, un mapa rutero de dudosa calidad, y con el alma alegre de emprender otra vez un viaje tras la historia de los objetos que resultan del cruce milagroso de unas cuantas hebras de lana… partimos con mi socia, cámaras de video y fotos en mano, grabadora de cassette, y una pila de papeles para escribir y tomar notas.

Llegamos a algún pueblo grande, cabecera de comuna, preguntamos, ¿alguien sabe si aquí hay señoras que tejan «a la antigua»?… a veces la respuesta es negativa: «no, ya se murieron todas las que lo hacían»… otras veces nos dicen: «por ese camino, después del cruce, más allá de la lomita esa, hay una señora que teje «frezadas» y mantas, parece… doña María»… en otra ocasión resulta que son hartas la tejenderas… allá nos dirigimos, rezando para no extraviarnos en alguna curva extraña, o en algún cruce sin señalización… si la lluvia ha decidido acompañarnos, el barro hace que la camioneta se ponga chúcara… si no hay lluvia, el polvo y la tierra de los caminos se meten en la garganta y los ojos…

tejepanulTras varias vueltas y preguntas a cuanto ser humano se nos cruza (a ver si ahora no nos equivocamos de camino), llegamos a un casa que generalmente es de adobe, con un jardín muy cuidado, desbordante de flores si es primavera, y con el canto de pajarillos, gallinas, o el alegato de gansos… el ladrido de los perros… el rumor del viento, o del mar…

Entonces comienza la entrevista: doña María, nos dijeron que usted tejía… dejamos que ella nos cuente, qué teje, cómo es su telar… ¿hace cuánto tiempo que teje?… resulta que aprendió mirando a su madre, a los 7 años ya se empinaba sobre el telar, o ensayaba sus primeros hilados en el viejo huso de la abuela, ese que brilla de tanto usarlo… luego tejió sus primeras fajas, con el paso de los años empezó a tejer cosas más grandes, una «frezada», y alguna mantita para los hombres de la casa… hasta que sus tejidos se hacen conocidos y comienza a venderlos a otras gentes…

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Nos cuenta de cómo hila, dependiendo de lo que va a hacer, es el grosor del que deja la lana, para las frazadas es una hebra gruesa, para las mantas puede ser fina o quizás no tanto… todo depende de lo que vaya a tejer… se sienta con el huso y lo hace bailar, con la mano y la ayuda de su pierna (algún día voy a aprender, es mi promesa repetida)… de a poco el copo de lana escarmenada se va transformando en un hilo bien torcido…, a veces mezcla dos colores y queda una hebra jaspeada… miramos sus manos que con destreza van dejando salir un hilo parejito, lindo… el huso se va cargando de lana que ya está lista para cruzarse y cruzarse hasta el cansancio… para dar origen a una manta, un ponchito, una faja, o lo que sea.

tejetenidoTambién sabe teñir con hierbas del monte… «hay que salir a recogerlas, el boldo, el «quitral» de boldo, la calchacura, la barba de palo o «carcha», el barro podrido, la raíz del maqui… después se echan a hervir en una olla, a leña, hasta que el agua toma el color deseado… entonces se echa la lanita, y se revuelve, hasta que toma el color que una quiere, y se saca, y se enjuaga, y después se deja pa’ que estile y se seque… cuando ya está lista se prepara la urdiembre, depende de lo que una vaya a tejer es la cantidá’ de lana… claro, hay que contar los hilos, después se coloca en el telar, tiene que quedar parejito pa’ que el tejido quede bueno…

Si es una manta se teje apretadito, pa’ que no se pase con la lluvia, la «frezada» se teje más sueltecita…». De tanto apretar el tejido con la «pala» o paleta» las tejenderas se matan la espalda… los ojos se cansan de contar tanto hilo, con poca luz, porque en algunas localidades aún no hay electricidad, o llegó hace poco tiempo.

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El telar es simple, muy simple, unos pocos maderos cruzados; hay de dos tipos, el tendido y el parado… en algunos pueblos usan el parado, en otros el tendido… tras años de hablar con tanta tejendera, aún surge la admiración por las maravillas que salen de sus manos, del amor con que hablan de sus tejidos… doña María, ¿usted se acuerda que cosas tejía su abuela?… «claro, las prevenciones esas, o alforjas… también unos choapinos, y fajas, siempre se han tejido fajas aquí… y las testeritas, esas pa’ la frente del caballo… nooo, yo ya no tejo esas cosas, es que ya no se usan, aquí los hombres ahora usan de esas casacas, ya no se abrigan con mantas… y las «frezadas» ya nadie las paga, prefieren comprar de esas de las tiendas».

tejemarchihueDe las manos de doña María y tras el movimiento y cruce de las hebras se va armando la prenda… una bella manta con colores naturales, o una gruesa «frezada»… tal vez un colorido chamanto, una faja, unas alforjas, un chal… dependiendo del pueblo en el que estemos, o la localidad, hay preferencia por tejer determinadas prendas… o hay técnicas de tejido características de algún lugar… en Doñihue tejen los coloridos chamantos y mantas corraleras, en Marchihue tejían las mantas «amarradas», en Valdivia de Paine tejen mantas por cientos, en El Membrillo tejen mantas «bordadas», también en Cabeceras…

Tras cada viaje en busca de tejenderas volvemos con nombres nuevos para algún tejido, o una denominación especial para el telar… una torsión precisa de un hilado, una hierba distinta para el teñido… en cada localidad descubrimos un secreto nuevo… que quizás por qué extraña razón las mujeres comparten gustosas con nosotras, a veces al conversar un matecito.

Tras la conversa, las fotos, las grabaciones en cassette y video si la doña está tejiendo, viene la despedida… siempre es triste, porque las tejenderas nos muestran todo, hasta sus alegrías y tristezas, las que acompañan con el tejido a lo largo de sus vidas… las invitamos al museo, si es que alguna vez van a Rancagua; difícil porque apenas «salen» al pueblo o ciudad más cercano… hasta luego doña María, cuídese mucho; gracias, muchas gracias por enseñarnos su trabajo, a ver si volvemos algún día…

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Nos vamos llenas de fotos, pedacitos y muestras de lanas y tejidos, hilados teñidos, papeles escritos… en el camino de vuelta conversamos, evaluamos, qué aprendimos en esta salida a terreno… qué secreto de tejido nos regalaron hoy… a veces la visita no es muy alegre, porque descubrimos que la tejendera ya no tiñe con plantas, sino que con «botica» (anilinas compradas en las tiendas); usa fibras sintéticas en vez de naturales, y le echa a la cundidora, sin preocuparse de mantener un buen apriete del tejido, entonces los ponchos ya no protegen de la lluvia… a veces sencillamente no encontramos ninguna tejendera, sólo hilanderas…

Siempre volvemos a Rancagua admiradas de la perfección del tejido de la doña, maravilladas de alguna variante más que descubrimos… esperanzadas de que este trabajo de recopilación sirva para retrasar en algo la desaparición de las «tejenderas a la antigua»… porque cada vez quedan menos, ¿sabían?

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